I Love You. by Eduardo Rubin

Logró poner su automóvil en buena velocidad, como para acompañar al pelotón que ya venia transitando aquella cinta asfáltica. Es ese momento de tensión, ya que debes subirte a algo que está en movimiento, pensaba.

En menos de dos minutos el auto que estaba al frente suyo, en el mismo carril, comienza a hacer unos movimientos bruscos en zigzag, como de quien está perdiendo el control y hace maniobras buscando recuperarlo. Aquel automóvil comienza a dar “latigazos” a diestra y siniestra a mucha velocidad. A la derecha de la autovía, un descampado interminable, a la izquierda un carril plagado de autos viajando a velocidad. Desde atrás se podía ver el movimiento pendular entre carriles del automóvil y quienes viajaban a su par, moviéndose para evitar ser embestidos de costado.

Fueron segundos apenas. La ubicación privilegiada que le otorgaba estar tras ese auto, lo ponía en lugar de espectador de lujo.

Tras 10 segundos de ese andar, el auto fue expulsado hacia su derecha, sobre el descampado. Menos mal, pensó, ya que el sentido contrario hubiera sido un bowling de proporciones.

El auto se desplazaba de costado sin control alguno y a alta velocidad sobre un manto verde. Luego golpeó contra una zanja que produjo una acrobacia de 360 grados por el aire. Hasta que fue a dar contra unos escombros y árboles. Una rama de gran porte logró contener el automóvil.

Como si no hubiera reacción alternativa, Sergio frenó en la banquina, así como también lo hizo el automóvil que venia tras él. Ambos bajaron como expulsados de sus asientos hacia la escena para socorrer a la persona accidentada.

Corrió por el descampado hasta llegar al automóvil y reconoció que una rama de árbol ingresaba por el vidrio lateral del conductor y atravesaba el auto hasta incrustarse en el parabrisas delantero, generando un hoyo de proporciones. El motor como apagado.

 

Al volante una señorita. Tendría 25 pensó rápidamente. La rama de árbol que la contuvo, también se encargó de desgarrar parte de su hombro, dejando un trozo en carne viva. La mujer no emitía sonido, pero estaba viva. Sus ojos se movían con rapidez y sus manos estaban como soldadas al volante.

Sergio cogió rápidamente su teléfono y llamó al 911 para pedir ayuda. El ruido de los automóviles circulando en la autopista sin detenerse, hacían bien difícil la comunicación con la operadora.

Cuando viajas por autopista con tus vidrios cerrados, no logras medir el ruido que genera esa tromba motorizada entonando la misma melodía.

La operadora quería mantener a Sergio continuamente en línea para tener un entendimiento de la situación, pero esto no hacia más que ponerlo nervioso ya que él pretendía hacer algo por socorrerla, más allá de llamar a las emergencias. Como podía saber él, si la mujer había injerido algún tipo de droga, si acababa de conocerla?

Sergio intentaba mantener una conversación que la accidentada solo podía contestar con movimientos de sus profundos ojos.

De repente, la joven conductora se desvaneció. Sergio cortó el teléfono. El primer instante fue terrible pensando en que podía haber muerto, pero cuando la tocó se dio cuenta que aun respiraba.

El contacto de la mano en su cara la recompuso. Siempre había pensado que el contacto humano era maravilloso y acababa de ver una demostración gigante de ello.

Los paramédicos no venían y él ya no sabia que hacer. No había pasado tanto tiempo en el mundo real, pero en aquella banquina, en aquel fango, el mundo era otro, es un universo con reglas propias.

 

La señorita volvió a abrir sus ojos marrones pero su piel no lograba salir de ese blanco casi transparente.

Ella miró a Sergio con la mirada bien firme y se quedaron un instante con esa conexión exclusiva. Ella comienza a mover su ojos hacia el costado y abajo. Luego vuelve a mirarlo fijo a los ojos y repite aquella rutina con fuerza en su rostro. El comprendió que había algo que quería comunicarle y siguió con su mirada al punto donde sus ojos lo llevaban.

La blusa de ella se iba tiñendo de color a medida que pasaban los minutos. La hemorragia estaba liberándose.

Decidió concentrarse en el movimiento de sus ojos y descubrió que tenia apretado el teléfono celular en su mano. Quieres que tome el teléfono? Preguntó Sergio. Ella cerró sus dos ojos a la misma vez con un gesto reconfortante.

Con sus dos manos, Sergio tomó la de ella y su teléfono tratándole de transmitirle una sensación de seguridad. Ella correspondió aflojando la mano.

Al tomar el celular en su mano, encontró que las suyas también estaban cubiertas de sangre. Sería de ella, pensó.

En pantalla un mensaje: “I love you” y el botón de “send” que titilaba como esperando ser presionado.

Sergio la mira y encuentra la cara de ella con un tono calmo que él interpretó agradecimiento. Entonces preguntó en voz alta. Este mensaje aun no fue enviado, verdad? Ella asintió con ambos ojos y lo miraba como implorando acción. “Quieres que lo envie?”, preguntó. Entonces se le dibujó una pequeña sonrisa en el rostro.

Sergio tomó el teléfono y mostrándole a ella su pantalla, apretó “send” para mostrarle que estaba cumpliendo con el pedido. El mensaje salió a su destinatario.

 

Ella hizo un suspiro muy profundo. Lo miro a Sergio a los ojos sin pestañar. Y se quedó mirándolo. Petrificada. Inmóvil. Eterna.